Antonio Colinas, un poeta islario
Antonio Colinas (La Bañeza, León, España. 1946) es de esos poetas que están hechos de una sólida fibra lumínica, en la que también podemos inscribir a Cesare Pavese, sólo por señalar una ambigua comparación entre poetas que se alimentaron de la luz y en su escritura la vaciaron.
La primera vez que leí la poesía de Antonio Colinas, fue en aquellos cuadernillos –Material de lectura de la UNAM– que no estaban más baratos porque perecería inapropiado, hasta para los estudiantes que podían comprar con toda facilidad su boleto a la mejor literatura que esa numerosa colección ofrecía por aquellos años (Desconozco si hoy día siga saliendo). Un poema de Antonio Colinas, que me dejó sumamente emocionado en aquella vieja lectura, fue el de “Encuentro con Ezra Pound”. Un final que describe aquella “callejuela de macetas, sin más salida que la muerte, vive Ezra Pound”. Esa lectura la hice hace veinte años, y ahora entre, otras cosas he leído su libro El sentido de la palabra poética, un reciente libro de ensayo de 2008, y comprendo con precisión aquel poema leído en mi juventud. En este libro Colinas escribe un texto titulado “Ezra Pound; la palabra como voltaje”. Y en él relata un viaje en 1971 a Venecia para ver a Pound, que ya era un viejo recluido en su morada última. En este texto advierto la pasión con la que Colinas visita aquella ciudad, quizás de la misma manera que yo he visitado lugares donde algunos poetas, por mí amados, han pasado dando sus pasos fundamentales. Un viaje que Colinas relata desde aquella adoración que él profesada por Ezra Pound. Comprendí en el lapso de 20 años, los motivos hondos de la escritura de aquel poema.
Hace poco, en la FIL de Guadalajara, en mi visita a tan inmenso evento, lo encontré de manera fortuita, y como si nos hubiéramos citado. Antonio conversaba con mi amiga Silvia Eugenia Castillero, allí cerca de la exhibición de libros alemanes y en aquel mundo de gente, nos conocimos físicamente gracias a tan alegre encuentro. Hace algunos años escribí sobre su libro “Tratado de Armonía” y un día sorpresivamente, me escribió agradeciéndome la nota. Así comenzó una correspondencia entre nosotros, que se interrumpió de pronto. Y ya no supe de más él. Hasta el pasado noviembre, que ha venido a México a presentar su “Poesía completa” editada por Siruela, el Fondo de Cultura Económica y Conaculta. Había cambiado de cuenta de correo, perdido sus contactos, virus, qué sé yo, me dijo. Conversamos. Le regalé cuatro poemas que escribí para la obra de Arturo Rivera y prometimos reanudar nuestra correspondencia. Le dije que seguiría buscando un ejemplar (o copia) de una de sus pasiones grandes: un libro de María Zambrano que la Universidad Michoacana publicó, otrora los tiempos. Me dijo que si es un ejemplar, sería ideal, pero sino, con la copia se conforma. Vi en sus ojos el inmenso amor que por María profesa, como también lo vi en sus ensayos que leí en ese mismo libro donde encontré lo de Ezra Pound. Qué más decir de este poeta que me parece un buscador de tesoros y que los ha encontrado con su trabajo poético y de pensamiento. Un explorador que ha profundizado en los mares más altos de la poesía y que están en la oscuridad del alma humana. Y sin embargo me atrevo a decir, que su poesía es de las más finas piezas que se han escrito en España en la siguiente generación posterior a los poetas llamados de “los cincuenta”, en los que se cuenta a José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, entre otros. Antonio Colinas es además, un poeta Islario entre los poetas de su generación, porque su poesía, allí lo ha llevado. Como en el mar de la poesía mexicana, lo es nuestro José Carlos Becerra. Poetas Islarios en su generación, siempre tuvieron que enfrentar –más que con la fuerza de un grupo de semejantes y contemporáneos– su destino, y con su obra única y con su estilo poderoso, la historia misma los verá pasar con la bandera en alto. Porque es su poesía por sí misma, la que debe saltar los cercos del tiempo, aunque muchos se opongan.
Antonio Colinas, es sin duda una voz que debe atenderse y escucharse. Su poesía está compuesta por innumerables pasillos de luz, por los que el lector transita firme sobre un suelo de resonancias que sostienen con gran propiedad la lectura de cada verso. Ahora que tengo en mis manos la edición de su “Poesía Completa” y me parece que –como él con sus descubrimientos a los que me refiero–, yo tengo un tesoro en mis manos; un legado de poesía que he de leer por el resto de mi vida. °
(NC)