Tigre
02.07.2013 10:20
Pez rayado por el fuego, veloz tizón que a la presa incendia. Tenaz libertino con el corazón de azúcar. León de otro plumaje, ave terrestre, trasto de dios, alimento del aire, trágica bestia que disimula haber visitado el sueño de los hombres. Miente si les dice que no conoce ese país humano donde todo era posible.
Cuando el tigre visita los sueños de un niño, tiembla la cama y del terremoto, se salvará, sólo si despierta. En caso contrario, saldrá más tarde del sueño, pero con heridas notables, y nunca confesará lo que allá, le hubo sucedido. Nunca relatará a nadie, cómo fue que vio caer los muros de marzo, ni contará el momento que se nubló el mundo; y sus ojos sólo alcanzaron a ver como las rayas de fuego en las que viajaba el Tigre, lo guiaron para salir de aquel oscuro caldero. Callará. La mañana será silencio y pasmo. Si aquel privilegiado que en la infancia soñó uno o más tigres, no logró despertar, sin duda estará condenado a creer que un tigre lo persigue a cada sitio al que vaya solo, que lo ve bañarse, que en las noches le habla, por eso el insomnio. Tampoco sabrá nadie, si aquel felino lo amenazó y la amenaza consiste en no hablar de aquella catástrofe en la que también hubo tormentas que arrastraron el suelo mismo por el que debía correr para salvar su vida y salir del sueño, y se quedó pegado a un árbol en el que un tigre –con sus garras- clamaba salvación. Luego vino el fin de la tormenta y caminó con el Tigre, habló con él y supo que los tigres saben de la profundidad de los sueños, por eso no hablará de sueños nunca, ni confesará tampoco que aprendió a hablar con los tigres.
Y nosotros vemos a ese niño que se niega a ir al zoológico y hasta desiste de hojear libro donde aparezcan estas temidas criaturas. No sabremos nunca cómo fue que lo dejaron salir de la noche, ni sabremos tampoco, cuáles fueron las condiciones bajo las que debió salir.
Sin duda debió ser testigo de una ciudad que caía, una ciudad que fue destruida, como se destruyen -de este lado del sueño- a las casas y a las personas, pero nunca lo confesará. Jamás dirá que allá, aprendió el secreto para destruir lo hermoso, lo que tenía grandeza de pie, lo que volaba con acierto. Nunca lo dirá, pero allá, aprendió el íntimo método para dejar morir la belleza, y verla en rastras pasar hacia el abismo. Nunca nos dirá, pero lo aprendió del tigre, aunque no lo parezca, y sepamos que el tigre es la belleza misma, por eso, también les teme a los que salieron del sueño, después de saber lo mismo.
Cuando crecen, ofician la vida desde un sitio donde destruir y acabar con el mundo, es una consigna. Los lugares idóneos para ellos, están en las casas del poder y la suficiencia. Solo allí pueden vivir y olvidar a la bestia. Y allí viven, en otro lado sería su ruina. Pero nunca les arrancarán la confesión de haber soñado un Tigre, o varios. °
Cuando el tigre visita los sueños de un niño, tiembla la cama y del terremoto, se salvará, sólo si despierta. En caso contrario, saldrá más tarde del sueño, pero con heridas notables, y nunca confesará lo que allá, le hubo sucedido. Nunca relatará a nadie, cómo fue que vio caer los muros de marzo, ni contará el momento que se nubló el mundo; y sus ojos sólo alcanzaron a ver como las rayas de fuego en las que viajaba el Tigre, lo guiaron para salir de aquel oscuro caldero. Callará. La mañana será silencio y pasmo. Si aquel privilegiado que en la infancia soñó uno o más tigres, no logró despertar, sin duda estará condenado a creer que un tigre lo persigue a cada sitio al que vaya solo, que lo ve bañarse, que en las noches le habla, por eso el insomnio. Tampoco sabrá nadie, si aquel felino lo amenazó y la amenaza consiste en no hablar de aquella catástrofe en la que también hubo tormentas que arrastraron el suelo mismo por el que debía correr para salvar su vida y salir del sueño, y se quedó pegado a un árbol en el que un tigre –con sus garras- clamaba salvación. Luego vino el fin de la tormenta y caminó con el Tigre, habló con él y supo que los tigres saben de la profundidad de los sueños, por eso no hablará de sueños nunca, ni confesará tampoco que aprendió a hablar con los tigres.
Y nosotros vemos a ese niño que se niega a ir al zoológico y hasta desiste de hojear libro donde aparezcan estas temidas criaturas. No sabremos nunca cómo fue que lo dejaron salir de la noche, ni sabremos tampoco, cuáles fueron las condiciones bajo las que debió salir.
Sin duda debió ser testigo de una ciudad que caía, una ciudad que fue destruida, como se destruyen -de este lado del sueño- a las casas y a las personas, pero nunca lo confesará. Jamás dirá que allá, aprendió el secreto para destruir lo hermoso, lo que tenía grandeza de pie, lo que volaba con acierto. Nunca lo dirá, pero allá, aprendió el íntimo método para dejar morir la belleza, y verla en rastras pasar hacia el abismo. Nunca nos dirá, pero lo aprendió del tigre, aunque no lo parezca, y sepamos que el tigre es la belleza misma, por eso, también les teme a los que salieron del sueño, después de saber lo mismo.
Cuando crecen, ofician la vida desde un sitio donde destruir y acabar con el mundo, es una consigna. Los lugares idóneos para ellos, están en las casas del poder y la suficiencia. Solo allí pueden vivir y olvidar a la bestia. Y allí viven, en otro lado sería su ruina. Pero nunca les arrancarán la confesión de haber soñado un Tigre, o varios. °